Crisis Sociales
La crisis social en América Latina y el Caribe se manifiesta de manera más evidente en
sus niveles extremos de desigualdad, que siguen siendo los más altos del planeta.
Mientras que en los países de la OCDE el ingreso del 10 % más rico apenas cuadruplica
al del 10 % más pobre, en esta región la brecha se amplía a un promedio de 12 veces.
En naciones como Colombia, Chile y Uruguay, el 1 % más rico concentra entre el 37 %
y el 40 % de toda la riqueza nacional, en contraste con la mitad más pobre de la
población, que apenas posee el 10 %. Aunque se registraron avances en la reducción de
la desigualdad entre 1990 y 2014, especialmente en países como Brasil, Bolivia, Chile y
Perú, los progresos se han estancado en la última década y las brechas persisten. Esta
desigualdad no solo es profunda, sino también estructural: millones de familias en
situación de pobreza enfrentan un patrimonio neto negativo, con deudas que superan
sus activos. Además, las oportunidades económicas siguen estando determinadas por el
origen social: entre el 44 % y el 63 % de la diferencia de ingresos en países como
Argentina y Guatemala se explica por condiciones heredadas como el nivel educativo de
los padres, la etnicidad o el lugar de nacimiento. A ello se suman las históricas
desigualdades territoriales: en países como Bolivia, hasta el 58 % de la desigualdad total
proviene de la disparidad entre zonas rurales y urbanas, lo que evidencia la profundidad
y persistencia de una fractura social que trasciende generaciones (BID, 2024a).
Este panorama de exclusión social y económica se entrelaza con una creciente crisis de
violencia. América Latina alberga solo al 8% de la población mundial, pero concentró
alrededor del 50% de los homicidios en 2018 (Hernández Bringas, 2022) aunque estudios
para otros años estiman este valor entre 15% y 20%. Países como Venezuela, Honduras,
El Salvador y México han reportado tasas de homicidio superiores a 30 por cada 100.000
habitantes. En 2024, Ecuador alcanzó niveles alarmantes de violencia, con 38,8
asesinatos por cada 100.000 habitantes, situación que llevó al gobierno a declarar el
conflicto armado interno contra bandas criminales. Haití, por su parte, ha colapsado
institucionalmente ante el control de bandas armadas que dominan la capital, Puerto
Príncipe, provocando desplazamientos masivos y miles de muertes.
El incremento de la violencia en América Latina está estrechamente vinculado al avance
del crimen organizado, que ha evolucionado hacia redes cada vez más complejas y
violentas, alimentadas por el narcotráfico y alianzas entre bandas locales y carteles de
México, Brasil y Colombia. Países con antecedentes históricos de violencia, como
Colombia y Brasil, figuran hoy entre los más afectados. Según el Índice Global de Crimen
Organizado 2023, Colombia (7,75), México (7,57) y Paraguay (7,52) se ubicaron entre
los cinco países con mayor criminalidad a nivel mundial. A nivel regional, América Central
presentó el promedio más alto (6,28), seguida de América del Sur (5,94) (Global
Initiative Against Transnational Organized Crime, 2023). América Latina sigue siendo el
epicentro de la producción mundial de cocaína, con Colombia, Perú y Bolivia como los
principales productores, y países como Venezuela, Ecuador, México, Brasil y toda América
Central desempeñando un rol clave en su exportación. A esto se suma la aparición de
nuevas rutas y mercados en Paraguay, Costa Rica y Argentina.
Ante el entramado de desigualdad, pobreza estructural y violencia, los países de América
Latina y el Caribe enfrentan una paradoja inquietante: comparten amenazas comunes,
pero carecen de respuestas colectivas. La ausencia de una institución regional ha dejado