OBSERVARE
Universidade Autónoma de Lisboa
e-ISSN: 1647-7251
VOL. 16, N.º 2
noviembre 2025-abril 2026
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NOTAS Y REFLEXIONES
AMÉRICA LATINA: ¿CÓMO SOBREVIVE UNA REGIÓN
EN ESTADO DE MULTICRISIS?
GERMAN RUEDA OREJARENA
german.rueda.orejarena@gmail.com
Economista colombo-luso con estudios de posgrado en desarrollo, cooperación internacional y
sociología (Colombia). Actualmente es becario de investigación en la Universidade de Évora. Ha
trabajado previamente en el Center for the Study of Democracy, Bulgaria y cuenta con
experiencia en proyectos vinculados a sostenibilidad y geopolítica. Su trayectoria incluye
investigaciones sobre la influencia geopolítica de Rusia en Alemania y América Latina, así como el
análisis de dinámicas internacionales en el contexto de la transición energética. Además, ha
participado en iniciativas enfocadas en medir el bienestar más allá del PIB, como la agenda
Beyond GDP, contribuyendo a enfoques integrales para el desarrollo sostenible.
América Latina ha sido históricamente un territorio atravesado por crisis de toda
dimensión. Esta reflexión crítica con perspectiva sociológica y decolonial analiza el
concepto de crisis tomando como referencia al sociólogo colombiano Orlando Fals Borda.
Fals Borda planteó que las crisis en América Latina revelan contradicciones estructurales
que conducen a la desorganización social e institucional: “La sociedad sufre así un
proceso irreversible de desorganización interna que crea cuerpos y anticuerpos,
expresado en valores, normas, grupos, instituciones y técnicas en conflicto. Según
algunas interpretaciones teóricas, este conflicto debe ir refractando y agotando el orden
social existente para formar eventualmente un nuevo tipo de colectividad(Fals Borda,
1969, p. 767). Las crisis económicas, ambientales y sociales dan cuenta de ello. Otras,
como las crisis políticas, merecen un análisis más detallado y localizado.
Crisis Económicas
La región ha enfrentado múltiples crisis económicas a lo largo del siglo XX y XXI. Desde
la Gran Depresión hasta la “década perdida” de los años 80 provocada por el
sobreendeudamiento externo y la subida de tasas de interés en EE. UU., estas crisis
dejaron secuelas en las estructuras económicas visibles hasta hoy. La posterior adopción
neoliberal, impuesta por organizaciones internacionales, implicó reformas estructurales
y privatizaciones que, si bien estabilizaron algunas economías, profundizaron la
dependencia al Norte global y redujeron la capacidad de respuesta estatal. En los años
90, la liberalización comercial no logró superar el crecimiento alcanzado durante el
modelo de Industrialización por sustitución de importaciones (ISI). Economistas como
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Ocampo (2015) advierten que los beneficios de este nuevo ciclo fueron desigualmente
distribuidos y con baja inversión productiva.
Durante la crisis financiera global de 2008-2009, América Latina sorprendió al mundo al
enfrentar la tormenta económica con una “resiliencia” inusitada para una región
históricamente golpeada por crisis estructurales. A diferencia de episodios anteriores
como el "tequilazo" en México en 1994 o el “corralito” argentino de 2001, esta vez los
cimientos eran más sólidos: mejor regulación bancaria, baja relación entre deuda externa
y reservas, y especialmente altos precios de materias primas. Aunque 2009 fue un año
difícil con caídas del PIB de 5,9 % en Argentina, 5 % en México y 1,7 % en Chile, la
recuperación fue rápida. En 2010, las políticas contracíclicas jugaron un papel clave y
permitieron que Brasil creciera 7,5 %, Argentina más del 10 % y xico revirtiera su
caída con un rebote similar (Fariza & Molina, 2018). Aun así, la crisis dejó secuelas y las
mayores economías enfrentaron nuevas recesiones al caer los precios de exportación.
Esta tormenta, aunque breve, expuso una causal de las crisis persistentes: la estructural
dependencia de exportaciones primarias.
Gráfico 1. Exportaciones de productos básicos: participación en las exportaciones totales (%)
Fuente: BBVA Research (García-Herrero & Nigrinis, 2012)
La pandemia de COVID-19, los conflictos internacionales en Rusia, Medio Oriente y la
más reciente guerra comercial desatada por los Estados Unidos a la cabeza de Donald
Trump, encontraron a América Latina con escaso margen fiscal: en 2019, el crecimiento
fue de apenas 0,1 %. El Banco Mundial estima que la región crecerá solo 2,1 % en 2025
y 2,4 % en 2026 (World Bank, 2025), el ritmo más bajo del mundo. La inflación, el
endeudamiento y la inversión insuficiente consolidan un modelo frágil y excluyente.
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Crisis Ambientales
América Latina enfrenta también una crisis ambiental sin precedentes, impulsada por la
expansión agropecuaria, la deforestación y los efectos del cambio climático. Entre 1990
y 2005, gran parte de la pérdida de cobertura forestal en América Latina se debió a la
conversión de selvas en pastizales, responsable del 71 % de la deforestación en ese
periodo. En 2024, el planeta vivió el año s caluroso jamás registrado, acompañado
por la desaparición de 6,7 millones de hectáreas de selva tropical en todo el mundo, más
de dos tercios de ellas en América Latina. Brasil encabezó esta devastación con 2,8
millones de hectáreas deforestadas, seguido por Bolivia con 1,8 millones. Perú perdió
190.000 hectáreas, lo que representó un alarmante aumento del 135 % respecto a 2023,
mientras que Colombia superó las 100.000 hectáreas. Nicaragua, por su parte, sufrió la
mayor rdida proporcional de bosque primario, con un 4,7 % de su superficie forestal
original. A escala global, los incendios forestales de 2024 emitieron 4,1 gigatoneladas de
CO₂, una cifra equivalente a cuatro veces las emisiones del transporte aéreo mundial en
2023 (Global Forest Review, 2025).
Entre 2000 y 2022, América Latina y el Caribe enfrentaron una de las crisis más intensas
en materia de desastres naturales a nivel global, con un total de 1.500 eventos que
afectaron a más de 190 millones de personas. En este período se registraron 681
inundaciones, 400 tormentas, 92 terremotos, 77 sequías, 78 deslizamientos de tierra, 49
temperaturas extremas, 42 erupciones volcánicas, 36 incendios forestales, y varias otras
emergencias como epidemias y desplazamientos masivos (OCHA, 2023b). Solo en 2023,
las inundaciones en el norte de Perú, asociadas al fenómeno de El Niño, dejaron más de
839.700 personas afectadas y desencadenaron una epidemia de dengue sin precedentes.
En Guatemala, los huracanes Eta e Iota de categoría 4 azotaron Centroamérica en 2020
durante el punto más crítico de la pandemia, afectando más de 645.100 personas (OCHA,
2023a). A esto se suma el riesgo creciente proyectado por el Banco Mundial, que estima
que más de 17 millones de personas podrían ser desplazadas por el cambio climático en
la región para 2050 (Forbes & Xilotl, 2024).
América Latina y el Caribe han sufrido una pérdida del 95% de su vida silvestre en los
últimos 50 os, siendo la Amazonía el epicentro de esta devastación ecológica. Esta
región, que alberga s del 10% de la biodiversidad terrestre y almacena entre 250.000
y 300.000 millones de toneladas de carbono, se encuentra en un punto de inflexión crítico
(WWF, 2024). En 2024, la selva amazónica vivió su segundo año consecutivo de sequía
histórica y el mayor mero de incendios en dos décadas, con más de 5.000 focos en un
solo día y 5,4 millones de hectáreas quemadas solo en tres estados brasileños. En Perú,
16 de las 25 regiones fueron afectadas por incendios, el 70% de ellos en la Amazonía,
alcanzando 87 territorios indígenas. En Bolivia, las llamas afectaron a 4 millones de
hectáreas y 58 territorios indígenas. Solo Brasil concentró el 76% de los puntos críticos
de Sudamérica, y los incendios en bosques primarios crecieron un 132% en agosto
respecto a 2023. Además, los incendios en tierras indígenas aumentaron un 39% y ya
representan el 24% del total en la Amazonía, destruyendo más de 1,3 millones de
hectáreas (Vargas & Poirier, 2024). Este colapso no solo destruye ecosistemas vitales,
sino que convierte al bioma en un emisor neto de CO₂, profundizando la crisis climática
global.
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Crisis Sociales
La crisis social en América Latina y el Caribe se manifiesta de manera más evidente en
sus niveles extremos de desigualdad, que siguen siendo los más altos del planeta.
Mientras que en los países de la OCDE el ingreso del 10 % más rico apenas cuadruplica
al del 10 % más pobre, en esta región la brecha se amplía a un promedio de 12 veces.
En naciones como Colombia, Chile y Uruguay, el 1 % más rico concentra entre el 37 %
y el 40 % de toda la riqueza nacional, en contraste con la mitad más pobre de la
población, que apenas posee el 10 %. Aunque se registraron avances en la reducción de
la desigualdad entre 1990 y 2014, especialmente en países como Brasil, Bolivia, Chile y
Perú, los progresos se han estancado en la última década y las brechas persisten. Esta
desigualdad no solo es profunda, sino también estructural: millones de familias en
situación de pobreza enfrentan un patrimonio neto negativo, con deudas que superan
sus activos. Además, las oportunidades económicas siguen estando determinadas por el
origen social: entre el 44 % y el 63 % de la diferencia de ingresos en países como
Argentina y Guatemala se explica por condiciones heredadas como el nivel educativo de
los padres, la etnicidad o el lugar de nacimiento. A ello se suman las históricas
desigualdades territoriales: en países como Bolivia, hasta el 58 % de la desigualdad total
proviene de la disparidad entre zonas rurales y urbanas, lo que evidencia la profundidad
y persistencia de una fractura social que trasciende generaciones (BID, 2024a).
Este panorama de exclusión social y económica se entrelaza con una creciente crisis de
violencia. América Latina alberga solo al 8% de la población mundial, pero concent
alrededor del 50% de los homicidios en 2018 (Hernández Bringas, 2022) aunque estudios
para otros años estiman este valor entre 15% y 20%. Países como Venezuela, Honduras,
El Salvador y xico han reportado tasas de homicidio superiores a 30 por cada 100.000
habitantes. En 2024, Ecuador alcanzó niveles alarmantes de violencia, con 38,8
asesinatos por cada 100.000 habitantes, situación que llevó al gobierno a declarar el
conflicto armado interno contra bandas criminales. Haití, por su parte, ha colapsado
institucionalmente ante el control de bandas armadas que dominan la capital, Puerto
Príncipe, provocando desplazamientos masivos y miles de muertes.
El incremento de la violencia en América Latina está estrechamente vinculado al avance
del crimen organizado, que ha evolucionado hacia redes cada vez más complejas y
violentas, alimentadas por el narcotráfico y alianzas entre bandas locales y carteles de
México, Brasil y Colombia. Países con antecedentes históricos de violencia, como
Colombia y Brasil, figuran hoy entre los más afectados. Según el Índice Global de Crimen
Organizado 2023, Colombia (7,75), México (7,57) y Paraguay (7,52) se ubicaron entre
los cinco países con mayor criminalidad a nivel mundial. A nivel regional, América Central
presentó el promedio más alto (6,28), seguida de América del Sur (5,94) (Global
Initiative Against Transnational Organized Crime, 2023). América Latina sigue siendo el
epicentro de la producción mundial de cocaína, con Colombia, Perú y Bolivia como los
principales productores, y países como Venezuela, Ecuador, México, Brasil y toda América
Central desempeñando un rol clave en su exportación. A esto se suma la aparición de
nuevas rutas y mercados en Paraguay, Costa Rica y Argentina.
Ante el entramado de desigualdad, pobreza estructural y violencia, los países de América
Latina y el Caribe enfrentan una paradoja inquietante: comparten amenazas comunes,
pero carecen de respuestas colectivas. La ausencia de una institución regional ha dejado
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a los Estados expuestos frente al avance del crimen organizado transnacional. Iniciativas
como la Alianza para la Seguridad, la Justicia y el Desarrollo, impulsada por el BID y que
congregó a 18 países en 2024, representan un paso hacia la coordinación regional,
aunque siguen siendo insuficientes si no se acompañan de transformaciones
estructurales en áreas como salud, educación, pensiones y empleo. Estudios del BID
revelan, por ejemplo, que los subsidios a las pensiones benefician en mayor medida a
los sectores más acomodados, y que una educación de calidad desigual perpetúa las
brechas sociales (Stampini et al., 2023). Sin una estrategia integral que articule
desarrollo social con cooperación en seguridad, la región corre el riesgo de profundizar
su crisis multidimensional y mantenerse atrapada en un ciclo persistente de exclusión y
violencia.
Estrategias de resistencia en tiempos de crisis
Ante el estado permanente de crisis que atraviesa América Latina, las comunidades no
adoptan una postura pasiva. Al contrario, como subrayaba Fals Borda (1969), de las
profundidades sociales emergen formas persistentes de resistencia y esperanza que
sostienen la posibilidad de transformación. Las frustraciones estructurales no paralizan
la voluntad colectiva; más bien, acumulan tensiones que, al alcanzar ciertos umbrales,
impulsan procesos de acción organizada. Incluso las respuestas s limitadas pueden
convertirse en puntos de partida para movilizaciones más amplias, revelando una
capacidad de respuesta social que, aunque muchas veces silenciosa, sigue activa y
latente.
Los modelos de desarrollo impuestos desde fuera basados en cifras, inversión
extranjera y mitos de modernización han producido transformaciones superficiales.
Lejos de impulsar un cambio estructural, han ampliado las desigualdades y generado
oportunidades limitadas, sin activar los motores profundos del desarrollo social y
económico. En este contexto, la supervivencia no es únicamente económica, sino
también simbólica y política: las comunidades reconfiguran sus nculos, migran,
resisten, crean saberes propios y se movilizan en busca de autodeterminación. Esta
fuerza revela el potencial de una sociología de la liberación que comprende la crisis como
catalizador histórico hacia la construcción de un porvenir s justo. Así, las múltiples
crisis que golpean a la región no solo exponen sus fracturas, sino también la potencia
regeneradora de sus pueblos.
Uno de los grandes "problemas" que enfrenta la economía formal en América Latina es
precisamente la economía informal. Esta se manifiesta especialmente en el mercado
laboral, donde una alta proporción de trabajadores no está registrada oficialmente.
También se extiende al crédito informal y a la economía de bolsillo que muchas familias
utilizan para sobrevivir. Aunque existen numerosas propuestas y metodologías para
formalizar el trabajo, las rentas y otros aspectos de la vida cotidiana como la
regularización de propiedades urbanas y rurales, actividades comerciales citas e ilícitas,
o los ahorros que provienen de remesas, la informalidad sigue siendo, en muchos
casos, no solo una alternativa necesaria, sino la única opción para millones de personas
que necesitan sostener sus hogares y garantizar condiciones mínimas de vida.
Hernando de Soto plantea que la economía informal no es en el problema, sino una
respuesta popular creativa y espontánea de los sectores más pobres para satisfacer sus
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necesidades básicas ante la ineficiencia y exclusión impuestas por el propio Estado.
Según él, el verdadero obstáculo radica en la estructura estatal, que, en lugar de apoyar
estas iniciativas, suele adoptar políticas que buscan combatir la informalidad como si
fuera una amenaza. De hecho, advierte que muchas de estas medidas terminan
destruyendo el capital acumulado por las personas y las condiciones que han construido
para sobrevivir, profundizando así su situación de pobreza (Mercado & Rios, 2005).
Mientras aquí mantengo que la informalidad es un mecanismo de resistencia a las
condiciones predatorias del sistema capitalista que fuerza y excluye una parte de la
población, también considero que estas mismas condiciones de permanente exclusión y
hartazgo frente a la poca esperanza vista en el futuro, son condiciones que han resultado
en complejos procesos de revuelta social. Los casos s recientes en la región se
conocen como el estallido social.
Figures 1 and 2. Protestas en Cali, Colombia (arriba) y Santiago, Chile (abajo).
Fuentes: @pachito.galbana y Carlos Figueroa.
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Durante la última década, América Latina ha experimentado un creciente malestar
ciudadano. Desde 2019, países como Ecuador, Chile, Bolivia y Colombia han sido
escenario de protestas masivas motivadas por políticas fiscales, crisis de legitimidad y
falta de oportunidades. Aunque la pandemia frenó temporalmente las movilizaciones,
estas reaparecieron con fuerza en Perú y Paraguay entre finales de 2020 y principios de
2021. En Colombia, una reforma tributaria desencadenó en 2021 una de las protestas
más prolongadas y violentas de su historia reciente, mientras que en Chile el descontento
dio origen a un proceso constituyente. En otros países, como México y El Salvador, el
malestar se canalizó por vía electoral, favoreciendo liderazgos personalistas como los de
López Obrador y Bukele. En Brasil, las manifestaciones de 2013 y la destitución de Dilma
Rousseff allanaron el camino para el ascenso de Jair Bolsonaro (Murillo, 2021). En todos
estos casos, las protestas evidencian la tensión estructural entre democracia y
desigualdad, con una ciudadanía particularmente jóvenes que demanda
transformaciones profundas en medio de una creciente fragmentación política e
incertidumbre institucional.
Cuando los jóvenes y no solo ellos no encuentran en las protestas u otras formas de
resistencia una respuesta a las múltiples crisis que los rodean, tampoco optan por la
pasividad. Vivir en medio de una modernidad líquida, que exige constantemente del
individuo adaptarse y reinventarse, los empuja a buscar alternativas. En ese contexto,
la migración emerge no solo como una salida, sino como un acto de resistencia frente a
un orden establecido que no les ofrece futuro. Migrar se convierte, así, en una forma de
romper con la inmovilidad de un sistema que ya no responde a sus expectativas y
necesidades.
Entre 2015 y 2019, la población migrante en América Latina y el Caribe creció a un ritmo
sin precedentes, casi duplicándose de 8,4 millones a 12,8 millones de personas (Inter-
American Development Bank & Organization for Economic Cooperation and Development,
2021). Este aumento refleja el dinamismo y la complejidad de los flujos migratorios en
la región, que representan cerca del 15% del total mundial de migrantes internacionales
(281 millones en 2020) (Cecchini & Martínez Pizarro, 2023). A diferencia de otras
regiones, América Latina ha sido escenario de un fuerte incremento de la migración
intrarregional, que creció un 72% entre 2000 y 2020, el mayor aumento relativo a nivel
global. Países como Colombia, Perú y Chile se convirtieron en destinos clave debido,
principalmente, al éxodo masivo desde Venezuela: en 2020, los venezolanos
representaban en promedio el 30% de la población migrante en 13 países de la región.
Mientras tanto, Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú concentraban s de
un millón de inmigrantes cada uno, siendo Argentina el país que acogía a casi una sexta
parte de la población migrante regional. A nivel interno, se destaca que la mayoría de los
migrantes se encuentran en edad laboral activa (el 72% tiene entre 15 y 64 años), una
proporción mayor que la de la población nativa, lo que resalta su potencial contribución
económica (BID, 2024b).
Lejos de ser únicamente señales de descomposición o desorden, fenómenos comúnmente
catalogados como crisis como la migración masiva, el aumento de la violencia, los
conflictos de orden público o las tensiones en el mercado laboral pueden y deben ser
comprendidos como expresiones de resistencia, reorganización y dinamismo social ante
crisis estructurales más profundas y prolongadas. Estas reacciones no surgen en el vacío,
sino como respuestas necesarias de comunidades que enfrentan las consecuencias de
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modelos económicos, ambientales y sociales que ignoran las realidades locales y
regionales. La migración, por ejemplo, no es solo un desplazamiento forzado, sino
también una estrategia de supervivencia y de búsqueda activa de condiciones más dignas
de vida. Del mismo modo, muchas manifestaciones de informalidad laboral, movilización
popular o redes de apoyo comunitarias emergen como formas de sostener la vida frente
a la falta de respuestas adecuadas del Estado o del mercado. Por tanto, estas llamadas
“crisis” deben ser leídas también como expresiones legítimas de agencia colectiva y
adaptabilidad, y no simplemente como amenazas al orden establecido. Reconocer este
carácter transformador permite abrir el camino hacia políticas más justas, centradas en
el respeto a los derechos humanos y en el fortalecimiento de capacidades locales.
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Cómo citar esta nota
Rueda Orejarena, German (2025). América Latina: ¿Cómo sobrevive una región en estado de
multicrisis?. Janus.net, e-journal of international relations. VOL. 16, Nº. 2, noviembre 2025-abril
2026, pp. 461-505. DOI https://doi.org/10.26619/1647-7251.16.2.02